Y ahí voy, subiendo escaleras, esquivando lagañas y oliendo bostezos.
Atravesando un laberinto.
Desde los costados me miran los primeros y los últimos de la vida, tratando de no ser sofocados entre bolsos y carteras.
Cada persona que miro tiene su cara transformada en un culo, pareciera que fuese contagiosa. Sí, definitivamente hay una epidemia de caras de orto.
También veo una red de extremidades entrelazadas en el techo, y bastantes aureolas húmedas, inescondibles.
Yo, sigo la aventura de ir agarrándome del cielo, sintiendo el calor de una masa que parece caerse y no lo hace, porque ni siquiera tiene lugar para caer.
GB

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